Campesinos dan un paso adelante y se adaptan al cambio climático

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Los labriegos de Cundinamarca aseguran estar padeciendo los efectos del calentamiento global. A los cambios bruscos de temperatura, se suma ahora la escasez de agua en los ríos y quebradas. Pero desde ya comienzan a prepararse y a reducir su impacto en el ambiente.

Julio Velandia cuenta con asombro cómo mientras en su finca Los Alisos llueve, a menos de cinco kilómetros, en el predio de su vecino, no cae ni una gota de agua

Para este agricultor del municipio de Guatavita, Cundinamarca, este es el mejor ejemplo de los efectos que se han venido produciendo en su territorio por cuenta del cambio climático. 

"Antes llovía parejo en toda esta zona, pero ahora no es posible precisar con exactitud las épocas de invierno o verano. Las lluvias o la sequía se pueden demorar más o menos tiempo, pero ya es imposible predecirlas", dijo el labriego. 

Él, al igual que cientos de campesinos que residen en inmediaciones al páramo de Chingaza, ecosistema que surte en un 70 % de agua a Bogotá, vienen observando desde hace varias décadas cómo a los cambios bruscos de temperatura se le han venido sumando fenómenos como la escasez de agua en los ríos y quebradas.

"Antes en las fincas había una gran cantidad de agua, pero desde hace un tiempo el caudal no es el mismo, se ha reducido y eso nos ha acarreado muchos problemas", apuntó Rogelio Prieto Jiménez, agricultor y ganadero de la vereda Ranchería, en Sesquilé. 

Para contrarrestar esta situación, Prieto, al igual que otras 63 familias campesinas que residen en las cuatro microcuencas claves y estratégicas que abastecen de agua a Bogotá (río San Franciso, río Chipatá, Cogua-Zipaquirá y Chisacá), decidieron vincularse al Proyecto de Adaptación al Cambio Climático en Ecosistemas de Alta Montaña que desde hace tres años viene implementando el Ministerio de Ambiente, Conservación internacional Colombia, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF por sus siglas en inglés). 

"Les decimos a los habitantes de esos sectores cómo adaptarse a los cambios de temperaturas, las sequías prolongadas o las lluvias intensas que se pueden presentar en 20 o 30 años. La idea es que esos fenómenos de variablidad climática no les vayan a dar tan duro. Les enseñamos cómo hacer para gestionar el territorio, desde un punto de vista preventivo, sin que tengan que cambiar sus modos de vida de manera drástica", indicó Diana Carolina Useche, punto focal del proyecto GEF del Ministerio de Ambiente, cartera que invirtió, junto a otras entidades, cerca de 4 millones de dólares para la implementación de este piloto en el país. 

La funcionaria explicó que el proyecto se dividió en dos fases. La primera consistió en la generación del conocimiento y para eso se realizó el análisis de escenarios climaticos posibles, a partir de un acercamiento a nivel de escala y en detalle de cómo se encuentran esos cuatro sitios que se priorizaron en términos de coberturas vegetales, uso de suelo, tipo de productores, cambios de temperatura y precipitación para los años 2040, 2070 y 2100, con ayuda del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, Ideam, y la información que aportaron las estaciones hidrometeorológicas de la Empresa de Acueducto de Bogotá y las Corporaciones Autónomas Regionales de Cundinamarca y del Guavio, CAR y Corpoguavio, respectivamente. 

"Con los mapas ya hechos pudimos determinar dónde se iban a registrar los cambios hidrológicos, de temperatura y precipitación más drásticos para luego entrar a desarrollar la segunda fase, que consistió en ir al territorio y focalizar las áreas más vulnerables, esos sitios que están muy cerca de los páramos, que ya han sido intervenidos y cuyos suelos han sido devastados y sufrido muchos impactos", explicó Margot García, consultora de Conservación Internacional Colombia, organización que se encuentra ejecutando esta inciativa, tras adelantar una alianza con el Ministerio de Ambiente. 

García afirmó que se realizó un acercamiento con las familias de la región para que entre todos, de manera concertada, se determinara dónde intervenir y qué tipo de pilotos se podrían implementar como medidas de adaptación al cambio climático, desde un componente rural, en torno a los páramos. 

"Nosotros no llegamos a imponer, sino a trabajar en conjunto. Pusimos al servicio de la comunidad nuestros conocimientos, unos recursos técnicos y financieros, y construimos unidos. Con el campesino que está en casa todos los días, con el dueño del terreno, llegamos a unos acuerdos para buscar soluciones, de lo contrario, este proyecto no tendría sostenibilidad ni aceptación", manifestó García con alegría. 

Resaltó que gracias a esta inciativa se logró, entre otras cosas, afianzar los lazos comunitarios, recuperar costumbres, empoderar a la mujer, mejorar la seguridad alimentaria y enganchar a los jóvenes para que vieran que el campo sí podía ser una opción de vida.

"Las nuevas generaciones de chicos ya no quieren estar en el campo, pero gracias a este proyecto los convencimos de que sí se pueden quedarque sí es una opción de vida y ya muchos de ellos empezaron a tomar ese gusto por querer trabajar en el territorio y compartir en familia", dijo García. 

Proyectos de apicultura, gallinas ponedoras, huertas caseras, sistemas de riego eficientes, renovación de praderas, abonos orgánicos, fertilizantes naturales, sistemas silvopastoriles, aislamientos arbolados, monitoreo comunitario del clima y generación de valor agregado a los productos de la región, han sugido a lo largo del tiempo.  

"Algo muy importante es que se ha enriquecido el tejido social. Para nosotros ha sido muy satisfactorio que crean y confíen en nosotros, así como poder rescatar esas tradiciones de nuestros abuelos para producir de manera más limpia, sin tanto químico y generando menor impacto al medioambiente", sostuvo Luz Helena Rodríguez, habitante de la vereda Carbonera Alta, de Guatavita, quien se dedica a la producción de abono orgánico y la huerta casera en donde cultiva diferentes especies de verduras y horalizas para el consumo de su familia y la venta al por menor. 

En agosto de 2020 el Proyecto de Adaptación al Cambio Climático en Ecosistemas de Alta Montaña finalizará y lo que se espera es que los pilotos que comenzaron a ejecutarse, continúen y se puedan replicar en las otras regiones en donde se encuentran ubicados los 47 páramos con los que cuenta Colombia, los cuales abastecen de agua a los ríos y quebradas que surten los embalses de donde se toma el agua para las ciudades. 

"Necesitamos asegurar que la reconversión de sistemas productivos de los campesinos va a funcionar, porque con hambre no hay conservación. Una vez logremos que el bienestar de las familias está garantizado, podemos entrar a hablar de conservación", puntualizó Useche, quien considera que es posible que los labriegos vivan en armonía con el medioambiente, sin depredarlo. Julio, Rogelio y Luz Helena son un ejemplo de ello.  

Fuente: Semana Sostenible 

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