Patricia Rodríguez creció en una comunidad lechera de las altas praderas andinas de Colombia y vio pocas oportunidades para sí misma. Así que se propuso cambiarlas.
«Cuando era más joven, había mucho machismo», dice. «Todas las mujeres cocinaban para sus maridos, ordeñaban las vacas y cuidaban de las granjas, pero nunca se les pagaba por su trabajo. Dependían totalmente de lo que les dieran los hombres».
«Yo quería algo diferente, que no viviéramos las mismas experiencias que nuestras madres», añade Rodríguez. «Quería una mejor calidad de vida para las mujeres y sus familias».
En 2000, creó una organización para formar a empresarias locales en la producción de queso, yogur y otros productos lácteos. En la actualidad, el grupo está formado por casi 50 mujeres que venden sus productos en los mercados cercanos. Así mantienen a sus familias y a otros 200 ganaderos que les suministran leche.
Deseosas de diversificar sus ingresos y su producción, Rodríguez y otras mujeres del Páramo de Chingaza empezaron a dedicarse a la apicultura gracias a un proyecto de Conservación Internacional que ayuda a las comunidades de las tierras altas de Colombia a adaptarse al cambio climático promoviendo medios de vida sostenibles. Ahora se siente afín a la sociedad matriarcal de las abejas.